Vengo cansado, harto, increiblemente acongojado, asustado, temeroso, y por supuesto, enojado.
Porque vengo de una reunión, en la que unos líderes sindicales ofrecían información sobre las negociaciones de los trabajadores de Izar con la empresa. Nos exponía los dos años seguidos de congelación salarial, su reclamación del 5,8% de subida, nos trasladaba la exigencia de una mayor carga de trabajo, unas mayores ayudas al sector. Hablaba de los armadores que se llevaban sus barcos a Corea u otros países similares. Después de oírles quejarse durante más de una hora y media de la falta de consenso y de ayuda por parte de la Junta de Andalucía, llegó el turno de preguntas.
Levanté la mano, (fui el único al que se le planteó una duda) y me dirigí a ellos. Mi pregunta no tenía intereses políticos, ni me la había dictado nadie. Era simplemente una pregunta que tenía un ciudadano, que se escucha en la calle, que era de sentido común el hacerla.
-¿No creen que quemar barricadas, enfrentarse a la policía, aparecer en los medios de comunicación como unos salvajes armados de tirachinas y tuercas y tornillos de barco, con pasamontañas, cerrar las comunicaciones de varias ciudades, derribando farolas y destrozando carreteras, soldando placas de hierro a las vías del tren e intentando quemar la torre de control de un puente, más que una ayuda a su reivindicación es tirar piedras contra su propio tejado? Es decir, ¿no ocurrirá como el año pasado, en el que varios armadores, tras unos incidentes similares, se llevaron sus barcos a Corea? ¿No se perdió precisamente a causa de estos disturbios un contrato de reparación de los barcos de un armador famoso?
No me dejaron terminar. El líder sindical se levantó, gritando como un poseso, me acusó de fascista, y me contestó (palabras lo más textuales posible)
-¿Ahora nos escandalizamos por unas farolas derribadas? ¿Acaso el PP no ha llevado a España a una guerra ilegal? Los trabajadores de Astilleros llevamos veinte años protestando así, y nos ha ido siempre bien.
Entonces, le rebatí.
-Claro, por eso llevamos veinte años seguidos perdiendo carga de trabajo…
Y en ese instante, al grito de ¡¡Fachas fuera!!, me echaron del recinto.
Si no fuese tan grave, y no estuviese la comida de tantas familias en juego, casi me reiría. Casi.