Cuando Carlos Rodríguez Braun redacta su artículo semanal, al que bautiza como “Tontería económica de la semana“, para el periódico Libertad Digital, me figuro que no debe faltarle material para la elaboración del mismo. La cantidad de dislates que puede proferir la clase política tiende prácticamente a infinito. Uno de los últimos disparates que he tenido la ocasión de leer ha sido el proponer “sincerar el precio del crudo“. Uno se pregunta qué significa eso de “sincerar” el precio. ¿Es que acaso el precio se trata de una persona con conciencia y capacidad de razonamiento que es capaz de faltar a la verdad?
El proceso de formación de los precios es uno de los mecanismos más simples en funcionamiento, pero complejos en realización, que existe en economía. Este proceso se puede ver claramente con las curvas de oferta y demanda. Los oferentes de un bien o servicio, si el precio de éste es muy bajo, no tienen alicientes para dedicar tiempo, esfuerzo y recursos a la producción de dicho bien o servicio. Si éste es muy elevado, tendrán muchos alicientes para dedicar gran cantidad de tiempo, esfuerzo, ingenio y recursos para la producción y comercialización del mismo. Con los demandantes ocurre al revés. Si el precio del bien es muy reducido, se sentirán más dispuestos a consumirlo, que si fuese muy elevado. En el punto en el que las preferencias de los productores y demandantes coinciden, se halla el precio de equilibrio para dicho bien. Este punto de equilibrio tiene una característica muy importante, satisface tanto a productores como a consumidores y es voluntario.
El proceso, como se ve, resulta tremendamente simple, pero a su vez tiene una gran complejidad, ya que, al tratarse de transacciones en las que intervienen infinidad de personas distintas, con sus motivaciones particulares, resulta imposible averiguarlo. Ya en 1643, el cardenal jesuita Juan de Lugo (de la escuela de Salamanca) afirma que en el precio de equilibrio interviene tal cantidad de circunstancias que sólo Dios puede conocerlo (pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum). Y el también cardenal jesuítico Juan de Salas, en 1617, refiriéndose a las posibilidades de que un gobernante pueda llegar a conocer la información específica que se crea, descubre y maneja en la sociedad civil afirma que “quas exacte comprehendere et pondedare Dei est non hominum“, es decir, que sólo Dios, y no los hombres, puede llegar a comprender y ponderar exactamente la información y el conocimiento que maneja un mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y lugar.
El mercado del petróleo es uno de los más intervenidos por los gobiernos de turno de cada país. Así en gran parte de los países productores, los yacimientos son explotados por compañías estatales que actúan en régimen monopolístico (como es el caso de PDVSA en Venezuela o Pémex en Méjico). Al ser concesiones estatales, dichas compañías están más interesadas en realizar “favores” a sus respectivas clases políticas nacionales que a sus clientes, ya que la clientela la tienen garantizada por su situación legal de monopolio (no pueden entrar nuevos competidores en sus respectivos países extrayendo crudo), pero esta situación privilegiada depende del favor del gobernante. Es por ello, que los casos de corrupción en los que aparecen involucrados dichas empresas son harto frecuentes. Y lo mismo ocurre con los organismos nacionales o internacionales que regulan estos mercados.
Al no resultar de interés la satisfacción del cliente, dichas empresas no dedica el ahínco suficiente en mejorar el servicio que éste recibe, ni en calidad, ni en cantidad ni en precio. Por lo que dicho suministro es más caro, más inestable y de menor calidad que el que el cliente recibiría en una situación de abierta competencia, en el que pudiese elegir suministrador.
La situación no acaba aquí. No sólo existen empresas que explotan el petróleo en régimen de monopolio, sino que sus respectivos gobiernos se asocian muchas veces para fijar precios, apareciendo cárteles como la OPEP. Así, mientras que en los países libres, el precio del petróleo cotiza sin cortapisas en sus respectivos mercados bursátiles (como ocurre con las variedades Brent y West Texas Intermediate) y el precio se forma con los millones de transacciones que efectúan oferentes y demandantes libremente, la cesta de petróleo producido por los países de la OPEP (Saharan Blend de Argelia; Minas de Indonesia; Bonny Light de Nigeria; Arab Light de Arabia Saudí; Dubai de los Emiratos Árabes Unidos, Tía Juana Light de Venezuela, e Isthmus de Méjico) tiene un precio que es fijado unilateralmente por el secretario de esta organización, sin intervención alguna de los demandantes. Pero no acaba ahí la intervención, ya que dicha organización establece unas determinadas cuotas de extracción para sus países miembros. Por lo cual las empresas más eficientes se enfrentan a limitaciones a la hora de satisfacer a sus clientes al no tener libertad de ofrecerle más cantidad del producto.
Pero finalmente, el mercado vuelve a sufrir una nueva intervención por parte del legislador. Cuando el producto llega a los consumidores finales, su precio vuelve a sufrir una nueva injerencia estatal al ser sometido a una imposición totalmente desmedida por parte del gobierno de turno. Así, y en nuestro país, tenemos tres impuestos que recaen sobre los hidrocarburos: el impuesto especial de hidrocarburos, el impuesto de ventas minoristas de determinados hidrocarburos y el IVA. En España, el mayor coste que paga el consumidor cuando desea llenar el depósito de su vehículo, no es el coste del bien que adquiere, sino los impuestos que ha de pagar al gobierno.
Pese a que, como se ha comentado anteriormente, hace casi cuatro siglos que se conoce la imposibilidad de fijar por parte del gobernante el precio justo de un bien, los políticos intervencionistas no acaban de aprenderlo. La semana pasada, el subsecretario alemán de economía, Bernd Pfaffenbach, afirmó que “queremos que los principales países consumidores de petróleo se reúnan con los principales países productores a fin de desarrollar, con la Agencia Internacional de Energía, en París, un banco destinado al flujo de las transacciones y el stock de reservas“, que “El 80% de las transacciones mundiales de petróleo se efectúan sobre el papel. Esto es especulación pura” y que “quiere mejorar la transparencia de los mercados de petróleo para reducir el potencial de especulación“.
Clama al cielo que determinados políticos quiera acabar con las pocas transacciones que son realizadas libremente por oferentes y demandantes en los mercados de futuros y opciones, y que pretenda regularlas y someterlas al capricho del burócrata, con todo lo que eso conlleva: mayor precio, menor calidad, menor fiabilidad del suministro e innumerables casos de corrupción. Clama también al cielo que pretenda evitar que los ciudanos podamos utilizar nuestra libertad para ser más ricos. Con políticos tan enemigos de la libertad como éstos no es de extrañar que el crecimiento económico de determinados países europeos palideca con respecto a EE.UU., y que los derechos de los europeos no hagan más que sufrir recortes.