Como todos ustedes saben, durante esta semana se ha perpetrado la mayor tropelía legal, contra las mujeres, de las últimas décadas. Todas aquellas personas que hayan nacido mujeres, se han convertido, gracias al proyecto de ley aprobado en el Congreso de los diputados, en inferiores mentales incapaces de hacer ninguna cosa por mérito propio, y que, por lo tanto, necesitan de cuotas obligatorias para hacer cualquier cosa en esta vida.
Nuestro excelentísimo presidente del gobierno, D. José Luis Rodríguez Zapatero, es un hombre encantado de haberse conocido a sí mismo. Como otros muchos tiranos, Rodríguez se cree el enviado por los hados, en este caso particular para salvar a ¿España? de sí misma. Mediante alardes de ingeniería social se ha propuesto transformar la carpetovetónica Hispania en algo nuevo. Esto no es algo nuevo, como ya hemos dicho antes, y suele ser un delirio de grandeza común a los tiranos que han ido surgiendo a lo largo de la historia. Recordemos como Nerón Claudio César Augusto Germánico opinaba que Roma era una cloaca pestilente, y no dudó en quemar la ciudad mientras tocaba la lira en el Quirinal para construir posteriormente la Domus Aúrea sobre las cenizas. O como los pájaros molestaban al gran timonel Mao Tse Tung, y puso toda la fuerza de trabajo del país a trabajar en la gran misión de exterminarlos con el resultado de varios millones de muertos por hambre al no existir nadie que se comiese los insectos. Para Rodríguez, España no es más que la imagen y semejanza de Franco, y tocará la lira desde la Moncloa para construir su particular Domus Progredia en la que cada ciudadano encaje como una pieza perfecta de su diseño particular.
El problema principal es que sus súbditos no somos piezas, somos personas, y que como tales tenemos el gran don del libre albedrío. Al ser libre, cada uno de nosotros podemos elegir el camino más adecuado para nuestra búsqueda de la felicidad. Éste es el motivo por el que no existen dos seres humanos iguales, ya que cada uno de nosotros tenemos una forma distinta de concebir nuestra particular búsqueda de la felicidad, y, a su vez, dada la libertad de actuación de los individuos, la forma de buscar ese objetivo será única e irrepetible.
El agrupamiento de los individuos en la forma de colectivo no deja de ser una falacia y la base del totalitarismo, al negar lo que nos hace humanos, nuestra libertad. Ninguna persona, por el hecho de tener una serie de características determinadas se comporta de la misma manera que otras personas que las comparten. Al ser las personas únicas e irrepetibles, cada una de ellas tiene unas prioridades distintas.
Suponer, como hace el actual proyecto de ley, que las mujeres parten de una condición de inferioridad, es insultar a las mujeres, al haberlas convertido, por la vía legal, en seres inferiores que sólo son capaces de trabajar mediante cuotas, y no por su propia capacidad. Cada mujer, tiene una serie de prioridades en la vida, en base a las cuales efectúa sus elecciones, al igual que ocurre con los hombres. La capacidad de cada una de ellas para una determinada tarea o función, viene determinada por las elecciones que ha efectuado a lo largo de su vida.
La única institución que puede limitar el libre desarrollo de las mujeres es el propio Estado a través de sus leyes. Cuando los organismos estatales permiten que los individuos alcancen acuerdos libremente, las posibilidades y la variedad de los mismos dan lugar a múltiples intercambios satisfactorios que benefician a las partes intervinientes. En el momento en que las administraciones públicas limitan esta capacidad para alcanzar acuerdos, se pone un tope al desarrollo personal de cada uno. Si existe un motivo por el que el paro femenino es más alto que el masculino, radica en la intervención estatal y en la limitación de posibilidades de acuerdo que establecen las administraciones públicas con individuos que son mujeres. Los empresarios no son imbéciles, ya que tienen un objetivo primordial, ganar dinero. En el momento en que tengan que seleccionar entre dos individuos que son capaces de desarrollar una función, se irán al que lo haga por un importe menor de dinero. Por tanto, en un mercado laboral en el que el paro femenino sea superior al masculino, los empresarios tenderán a contratar fundamentalmente más mujeres que hombres, por pura ley de oferta y demanda, ya que el precio (salario) de las primeras será inferior. Esta superior contratación iría elevando los precios hasta que se alcanzase un punto en el que ambas variables (paro y salario) estuviesen equilibradas. Si no sucede así, es por las limitaciones impuestas por los organismos públicos a la hora de acordar libremente las clausulas contractuales.
Mientras mayor es el intervencionismo, mayor son los obstáculos que encuentran las personas que han sido encasilladas en un determinado colectivo. Así, el proyecto de ley únicamente traerá la perpetua sospecha de que cualquier individuo que ocupe un puesto y sea mujer, no lo hará en función de sus habilidades, sino por imposición de una cuota estatal. Por ello será considerada inferior frente a un posible compañero del sexo opuesto. La prueba más fehaciente la tenemos en el propio gabinete ministerial, en el que sus integrantes de sexo femenino son denominadas ministras cuotas por la vox populi. Su elección no se ha basado en sus capacidades para el puesto, sino en el mero hecho de ser mujer, y por tanto, sus decisiones están bajo la permanente sospecha.
Si el Sr. Rodríguez Zapatero no fuese el mayor machista de la corte, dejaría que las mujeres demostrasen su valía por sus propios méritos, en lugar de haberlas considerado, en por ley orgánica, como incapaces de valerse por sí mismas.