DUDO, LUEGO SOY LIBRE (I). ¿Quién protege al consumidor?
Hochiminh on May 31st 2007
Hay quienes no dudan de nada, lo tienen todo claro. No es raro que sea síntoma de estar presos de ideas o prejuicios fanatizantes, ideas que han prendido en las neuronas del sistema emocional, bloqueando la mente y no dejándola plantearse la posibilidad de que esas ideas tan claras, pueden no estarlo tanto, incluso estar equivocadas. Son esclavos inconscientes de ideas que se han sembrado en sus mentes.
Por eso, parafraseando aquello de pienso luego existo, creo que podemos de decir: dudo, luego soy libre.
Bajo este lema quiero exponer algunas muestras de que al menos algunos liberales, estamos bastante lejos de ser “talibanes del liberalismo”, como nos etiquetan algunos progres por sistema, y nos planteamos las cosas con más profundidad de la que parece. Tal vez porque somos amantes de la libertad tenemos la mente menos presa de ideas fijas ;-)
Este mes de mayo que hoy termina se ha cumplido un año del estallido del caso Afinsa / Forum y ventiseis años del no menos memorable caso del síndrome tóxico (el de la colza), por citar dos casos de grave daño para usuarios de bienes y servicios. Ambos me llevan a recordar el título de uno de aquellos videos de Milton Friedman: ¿Quién protege al consumidor?
La economía de mercado es un sistema realimentado, en el que productores entregan bienes y servicios a los consumidores, recibiendo de estos dinero a cambio. Si los productos y servicios no son del agrado de los consumidores, estos dejan de adquirirlos, con lo que los proveedores de peor calidad, precio o servicio tienden a desaparecer en favor de los que más satisfacción aportan a los consumidores. De esta forma el sistema se autoregula en una espiral de mejora constante. Simple, ¿no?
No creo que nadie vaya a dudar que este sencillo esquema ha sido el principal motor que nos ha llevado a que hoy, cualquier españolito medio tenga un nivel de vida que ya hubiesen querido para ellos reyes y emperadores, hace sólo unas pocas generaciones. Un buen invento esto de la economía de mercado.
Ahora bien, en este sistema realimentado con dos partes, ambas susceptibles de egoismo e inmoralidad, cabe suponer que cualquiera de dichas partes intente obtener algo sin entregar nada a cambio, o entregando muy poco. Dicho de otra forma, puentear, trampear o manipular el mecanismo de regulación automática.
Por parte del consumidor, las opciones de trampa se centran en no pagar, de las muchas formas en que puede hacerlo (lo siento, no voy a dar ideas).
Por parte del proveedor, por el contrario, las opciones son muchas más, y lo que es peor, si el proveedor es un psicópata desalmado, las trampas pueden poner en peligro el bienestar, la salud e incluso la vida de los consumidores.
Desde perspectivas liberales que he visto y leído en más de un sitio, los problemas del parrafo anterior se solventan con la auto-regulación del mercado, más, llegado el caso, los Tribunales de Justicia.
Sin embargo, estos últimos, incluso en el utópico caso de que fuesen rápidos y predecibles, nunca me devolverán la salud que pueda perder de forma irreversible, mucho menos la vida, propia, o de un allegado.
La auto-regulación del mercado y la Justicia pueden quedarse cortas cuando el mercado intervienen agentes de muy baja moralidad, susceptibles de crear daños graves y/o irreversibles. Y por desgracia, casos como Afinsa / Forum o el histórico del aceite de colza, lo prueban; ahora, o hace un cuarto de siglo. No entro en la amarga e interminable polémica de si el millar de muertos fue un millar, las decenas de miles de afectados fueron tantas, o si lo fueron por el aceite, los tomates, o el escape de un arma química de Torrejón; lo que cuenta a los efectos es que es posible, y en su momento mucho más, que un psicópata venda aceite industrial para cosumo humano.
Bueno, no me diréis que soy un taliban del liberalismo, ¿no?.
¿Y qué hacemos pues?
Para muchos la respuesta es obvia: el Estado debe intervenir en el mercado de forma preventiva, debe regularlo al margen de su propia autoregulación. Aparece el “Estado Protector”.
Sin embargo, la intervención estatal en el funcionamiento del mercado puede crear, y crea, no pocos problemas. Algunos ejemplos:
- Una gran multinacional abrió una gran planta química en el levante español. Al parecer, para ello tuvo que pedir más un centenar de permisos diferentes. Empresas más pequeñas en su lugar no habrían abierto nada. De esos puestos de trabajo que nunca llegan a existir, de esa riqueza que no se llega a crear, obviamente, nadie habla.
- Conozco una persona que va a cerrar un par de residencias geriátricas porque está más que harta de inspecciones e intromisión estatal el su negocio. Pobres ancianitos, ¿los acogerá el Estado?.
- Los faros de xenon aportan una mejora en seguridad, pero aunque existen kits de conversión para cualquier coche, la UE ha decidido que de eso nada, que para llevar xenon hay que llevar también lavafaros y regulador automático de alcance. Se supone que para no deslumbrar a los que vengan de frente. Pero eso se arregla con un buen reglaje de faros, no con una normativa que multiplica por cuatro el precio, haciéndolo inasequible a mucha gente y privándolos por tanto de un posible elemento de seguridad. ¿Qué va a salvar más vidas?
- Las bibliotecas públicas, algo que no se inventó ayer, son elementos de gran utilidad para la difusión de la cultura y el conocimiento, en especial entre aquellos con menos recursos. Pero la UE ha decidido que el prestar libros hace perder ventas a los autores y por tanto las bibliotecas han de pagarles un canon de 1 € por libro prestado. Como consecuencia, todos pagaremos, leamos o no, a través del Estado, o bien las bibliotecas verán seriamente reducido su presupuesto para compra de libros. La cultura a cuenta de los demás sube de precio.
- Las trabas y obstáculos a superar para abrir varios tipos de negocios son tales que muchos pequeños emprendedores se echan atrás antes de empezar. Otra vez más, riqueza que no se creará y de la que nadie hablará; mientras tanto el paro sigue siendo uno de los mayores temores de los españoles.
- Los proveedores de lo que quiera que sea, con buenos contactos en la Administración, pueden conseguir que ésta homologue o no tal o cual producto, cree trabas a la competencia, imponga aranceles … en definitiva, beneficie a unos proveedores en detrimento de otros, y en especial en detrimento de los consumidores.
- El aparato burocrático de intervención estatal en el mercado puede costarnos mucho dinero, más el sobreprecio que genera al reducir la competencia por disuadir de entrar en el mercado a proveedores que habrían podido ser perfectamente válidos. Vamos, la corrupción de toda la vida.
- Para proteger a los pequeños comerciantes (o eso pensaba él), Montilla limitó el número de domingos que las grandes superficies podían abrir al público, creando un grave perjuicio a millones de consumidores.
- etc.
Y a pesar de esto y mucho más, el Estado ha sido incapaz de prevenir que el dinero de los miles de ahorradores de Afinsa / Forum se evaporase.
La intervención estatal en el mercado es llevada a cabo por seres humanos de carne y hueso, a priori tan susceptibles de inmoralidad, egoismo y corrupción como los mismos agentes del mercado. No ha lugar suponer al Estado y sus funcionarios una moralidad perfecta, algo de lo que me fastidia mucho traten de convencernos.
En resumen, la intervención estatal agarrota el mercado, resta oportunidades y encarece productos y servicios, sin que por ello se le escapen grandes debacles. Bien es cierto que puede no ser mal precio si ello salva vidas, pero …
¿Hay alguna otra forma de hacer las cosas? ¿Puede el Estado actuar de otra forma que reste menos libertad y oportunidades a consumidores y proveedores? ¿Se podrá prescindir totalmente del Estado sin perder nada con ello? ¿Podemos hacer algo los consumidores?
Pero para no eternizarme, hasta aquí mis dudas, os paso la palabra, digo, el teclado :-)
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