Y otra vez el debate sobre las armas de fuego
Ceaucescu on Abr 23rd 2007
Las noticias de los periódicos de este fin de semana no dejaban lugar a la duda: EE.UU. es un país extremadamente inseguro donde a cualquier ciudadano lo puede asesinar un tarado con una automática, cuestión que está fuera de lugar en la civilizada Europa. Existía una práctica unanimidad sobre este tema al leer la prensa dominical. Nada mejor que la prohibición de portar armas de fuego para que el ciudadano esté seguro. La medida más adecuada que puede tomar el Estado es protegernos de nosotros mismos y así no habrá problemas de seguridad.
No obstante este planteamiento tiene un fallo argumental muy sencillo, y es que los criminales, que precisamente son tales porque cometen delitos, no respetan la ley. En España las armas de fuego están prohibidas, la única manera de obtenerlas es mediante la correspondiente licencia de caza o de tiro deportivo. Sin embargo, es bastante sencillo conocer a “alguien” que a nos puede poner en contacto con otra persona que por un importe no muy elevado nos proporcione un arma de fuego. Si esto nos ocurre a nosotros, ciudadanos que en la mayor parte de las ocasiones respetamos la ley ¿a quién no conocerán los criminales habituales dado al “negocio” al que se dedican? La prohibición de armas sólo tiene vigor para un tipo de persona, la que respeta la ley. A los asesinos, ladrones y demás delincuentes esta prohibición no les afecta lo más mínimo. Es decir, por medio de la prohibición, quien cumple la ley queda indefenso frente a quien no la cumple.
Imagine por un momento que oye a alguien intentando forzar la puerta. Su primera reacción es, por supuesto, marcar en su teléfono el 091, el 062 o el 112. La policía o la guardia civil se dan por enteradas y devuelven la llamada para verificar que no se trata de una broma. Supongamos que durante ese minuto quien quiera que esté forzando su puerta no ha tenido tiempo de finalizar su acción. ¿Está ya a salvo habiendo acudido a las fuerzas de seguridad públicas? La respuesta es negativa. Salvo que tenga la suerte de vivir al lado de un cuartel de la guardia civil o de una comisaría de policía, tendrá que esperar un tiempo precioso a que acudan, que suele ser superior a los cinco minutos. El criminal que está intentando entrar no va a concederle dicho tiempo de cortesía, por lo cual sólo tiene dos opciones, encomendarse al Altísimo y rogar porque la palanca o ganzúa con la que opera se rompa, o disponerse a defender su vivienda, vida y familia con cualquier cosa que tenga a mano. Si tiene un arma podrá enfrentarse al criminal con más posibilidades, al abrir fuego en cuanto éste aparezca. En caso contrario se encontrará a merced de una persona sin escrúpulos, que ya ha demostrado que es un delincuente al intentar entrar en su vivienda, y cuya misericordia deberá implorar. Su vida y la de su familia dependerá del capricho de un criminal, y todo porque el Estado le ha robado el legítimo derecho a defenderse. Dentro de cinco minutos es posible que llegue la policía y detenga al criminal pero ¿se encontrarán usted y sus seres queridos vivos?
El derecho a portar armas no es un atentado contra la vida, sino al revés, una herramienta para poder defenderla frente a quien no la respeta. No sólo es una herramienta de defensa, sino de disuasión. Imagine que en una ciudad es legal el uso de armas para la autodefensa y en otra no. No resulta difícil suponer hacia cuál de ellas los delincuentes preferirán mudarse. Para ellos la decisión es fácil, en una ciudad su vida corre peligro ya que cada ciudadano puede que tenga un arma para defenderse, y en la otra nadie, salvo la policía, les podrá hace frente, y claro, ésta no es omnipresente.
Nuestra vida suele ser tan tranquila que nos cuesta trabajo imaginar que puede correr peligro. Podemos creer que eso sólo ocurre en las noticias. Incluso es posible que creamos que la violencia es algo que no se debe emplear ni para defender nuestra propia vida. Pero ¿debemos imponer dicha creencia a los demás? ¿Deben ser nuestras convicciones morales una cortapisa que impida a una persona defenderse de la agresión de un criminal para el que la prohibición de emplear armas no tiene ningún efecto? ¿Debe quedar el resto de la gente inerme frente a delincuentes y lunáticos sólo por una convicción moral? ¿O por el contrario nuestra moral personal no debe impedir el derecho fundamental del resto de las personas a defender su propia vida?
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